De Yukio Mishima, el escritor japonés más
famoso del siglo XX, no podríamos citar frases memorables. Acaso
porque depositó su concepcción de la belleza en el atroz instante
del dolor, cuando los sentidos agudizan la percepción y la
consciencia no se distrae en acciones irrelevantes. descubrió,
seguramente, que rara vez los sentimientos emergen en estado puro, que
la experiencia nos somete a mezclas insospechadas y es, precisamente,
donde menos lo esperamos, donde se encuentra el instante más feliz o
la idea más brillante.
Fue un hombre de acción, belicoso y disciplinado. Su pasión creadora
le llevó a escribir más de cuarenta novelas; su sentido del honor le
empujó a formar un ejército privado y a cumplir con el rito del
seppuku -la tradicional autoinmolación de los samurai- cuando creyó
llegado el momento.
A la vista de sus personajes parece que no
olvidó los años pasados en la habitación sombría donde lo recluyó
su abuela. Desde allí construyó su mundo y se creó a sí mismo.
Acaso volviera a esas horas de soledad cuando escribía historias de
jóvenes curtidos por la incomunicación y la disciplina. De jóvenes
ocultos, al acecho de sus mayores, ansiosos por conocer y sobrevivir
en un mundo hecho a la medida de otros. Mishima fue uno de ellos. Y
quién sabe si como los personajes de la tragedia griega se decidió a
tomar la máscara de gesto más severo para afrontar un destino que de
otro modo se habría ensañado con él.
Ya conocemos su última imagen: con cuarenta y
seis años de edad, fortalecido por el ejercicio físico y gozando de
la fama literaria que le había llevado a ser propuesto candidato al
Premio Nobel, Mishima se quitó la vida. Fue como cortar una flor.
Amante al mismo tiempo de la minuciosidad y de la expectación que
reclamaba con su comportamiento excéntrico, planeó detalladamente
sus últimos días.
continua...