Moisés Mahiques con sus propuestas e instalaciones arbitra una particular reflexión -no carente de revulsivos- sobre la situación humana actual
Sin duda, el cuerpo humano ha sido uno de los temas recurrentes en el arte de todos los tiempos, y muy significativamente, del arte occidental de la última década del siglo XX y los primeros años de la presente centuria. De las múltiples razones que explicarían parcialmente este irrefutable hecho, baste señalar el enorme potencial de exploración, de conocimiento, de aproximación tanto a la realidad exterior como –y ahí está el quid de la cuestión- al interior de uno mismo. Surge así el concepto de Identidad como uno de los ejes centrales sobre los que se han articulado multitud de discursos de todo tipo, también visuales y plásticos.
¿Qué mejor instrumento de identificación exterior-interior, contexto-texto, materia-forma, fuera-dentro, sociedad-individuo, cuerpo-alma... que el propio cuerpo del mismo artista? En los años setenta, hubo una serie corrientes experimentales del arte –dentro del denominado arte conceptual- que hicieron bandera de la anulación del objeto artístico en tanto que susceptible de ser mercancía y de su materialidad formal como elementos diferenciadores respecto a las tendencias formalistas heredadas de la abstracción americana y el concepto de pureza acuñado por Clement Greenberg. Nacieron así, movimientos vinculados al Arte de Acción y el Performance, como el Body-Art. Sirvan en Europa los casos del alemán Arnulf Rainer y de los Accionistas Vieneses para introducir –salvando las distancias temporales y espaciales- el trabajo creativo que viene desarrollando en estos últimos años Moisés Mahiques (Quatretonda, 1976), cuyos primeros escarceos se produjeron en el campo del performance, que registraba en soporte fotográfico y videográfico. Acciones esquemáticas con un componente sexual muy evidente, rozando incluso la obviedad.
Posteriormente, según opinión de Juan Bta. Peiró, su trabajo se ha ido depurando y ganando en complejidad discursiva. Sus más recientes dibujos -en los que la marcada línea de contorno y las manchas acuosas conforman una totalidad sugerente- parecen trazados con un bisturí que separa la piel del cuerpo y abre nuevos sentidos en un plano no-físico, no-material. Sensaciones a flor de piel que se subrayan congelando esa acción de desnudarse, quitándose esa segunda epidermis que es la ropa. Inquietud, belleza y desasosiego, latentes y presentes en este joven artista que tiene mucho futuro por delante.
Repertorio pormenorizado de objetos, esculturas e imágenes que asume, una vez más, una comprometida funcionalidad en su abierta incidencia referencial acerca de las difíciles y polémicas relaciones existentes entre el hombre y la contradictoria sociedad contemporánea. Sin duda, la tensión crítica entre la experiencia estética y las raíces éticas de nuestra existencia sigue afortunadamente despierta, mutatis mutandis, tanto en algunas conciencias como en determinadas opciones de la creatividad actual.
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