(Madrid, 1965), retoma las fuentes del informalismo español de los 60. Cercana a los primeros Tapies, Canogar, Suarez, Frances o Feito, retoma el impulso investigador más puro y estrictamente pictórico, tan propio de aquella época que ha enriquecido la historia del arte del siglo XX.
Desde su vocación innata y su pasión por el trabajo y por la labor experimental de taller, reprocesa de manera intuitiva y voraz el recorrido natural de cualquier pintor que busca su identidad y su camino de la única manera posible: con las manos absolutamente manchadas de pintura, con el alma puesta en cada brochazo, en cada gesto, en cada papel rasgado y pegado.
Arturo Martín Burgos, artista y profesor, habla de “la osadía y el desparpajo con que acomete cualquier pintura”. Comparable a la labor ágil y engañosamente fácil de un buen músico de jazz, que parece hacer fácil lo difícil y fluido lo aparentemente complejo. También de “su energía creadora sin limite, de su avidez por descubrir y exprimir al máximo las posibilidades de cualquier material para ponerlo al servicio de la expresión de sus sentimientos, de la deseada armonía, en definitiva, del vértigo creativo en estado puro”.
Xonia Wünsch, hace gala del sentido de su apellido (lo deseado, lo esperado con ansia) cuando trabaja y cuando ofrece lo mejor de si misma: sus texturas a modo de símbolos, sus armonías como relatos en los que el espectador encuentra partes de si mismo siendo a la vez de ella, de la autora. “En el momento que el espectador empieza a descifrar que en esa obra hay un mensaje, es cuando ya he conseguido mi objetivo”, afirma.
Una exposición que inicia la temporada expositiva de Madrid y que establece un puente entre los grandes informalistas españoles y sus herederos actuales.
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