UN
RELATO MÁS
SEXO,
CARNE Y TÚ: SONATINAS PARA PIANOS
PREPARADOS
(DE,
DESDE, HACIA, PARA JUAN HIDALGO, MÚSICO)
Manel
Clot
Deséame
suerte, en beso callado y en abrazo fuerte
Martín Rojas
Te echo de menos enormemente, inmensamente
Roland Barthes
Tiempo para el amor es lo que pido
Juan Antonio González Iglesias
ɷ
DE
Una poderosísima elegancia y algo así como
una decidida distinción propias de los
tránsitos, deambulatorios e
infinitos, por las estratificaciones de lo
que tradicionalmente se ha venido
considerando (pura convención social, puro constructo)
como alta cultura -porte señorial,
ademán distante, indolencia calculada,
goces minoritarios, investigaciones
encerradas- se nos muestra de nuevo
combinada sabiamente, una vez más, y a
partes proporcionales -a modo de ese encaje
preciso y perfecto, y el único posible, por
otra parte, entre un número de cubitos de
hielo y la cantidad justa de ese bourbon
que tanto nos gusta-, con el lado ya algo
más canalla propio de las zonas oscuras -o
en equívoco claroscuro, esa especie de twilight
zones que tanto nos gustan, también- y
de la vertiente marginal(izada) de las bajas
culturas de masas y de consumo -y de los
géneros y de los sexos, y de las carnes y
de los objetos- y de otras raleas de baja
estofa, acaso más bajas aún. Hundidas
casi, ya de puro bajas. Puro fango. Cieno
germinando. Lodazales fermentados de la
creación. Fermentándose sin cesar... Tal
vez ésta podría ser, por qué no, una de
las posibles, y plausibles, instantáneas -a
modo de una especie de peculiar y cinemascópica
polaroid tal vez, incluso, algo errónea o
desenfocada, tal vez un poco (re)torcida ya
de entrada, y no sólo por lo evidentemente
parcial de tan superficial apreciación sino
también por lo deliberadamente tendencioso
de nuestra presentación- sobre, y de, y
hacia, y para Juan Hidalgo. Pero en
cualquier caso sería, sólo, una
polaroid más, una entre muchas otras. Esa
misma irrefutable polivocidad (¿sinfónica?)
que siempre (de)muestra tan a las claras el
conjunto del trabajo de Juan Hidalgo debe
hacerse extensible también, no lo
olvidemos, a su propia ubicación o a su
propia delimitación perimetral en lo que a
sus situaciones culturales se refiere, y
ello tanto si hablamos de la evolución y de
sus transcursos en lo personal como si nos
ceñimos a los muy diversos episodios de su
extensa trayectoria creativa, abundando de
este modo en la más absoluta convicción
acerca de la total imposibilidad de separar
lo que constituye una actividad artística
específica de lo que es el ámbito
genérico de la experiencia, pensados ambos,
claro está, en términos de contemporaneidad
y sus consiguientes capacidades de
transformación. Y quiero aquí remarcar experiencia,
por explícita oposición a biografía.
ɷ
DESDE
Últimamente me he preguntado, dónde debe
permanecer agazapado el potente
pensamiento musical de Juan Hidalgo en sus
otras piezas, las no sónicas, las
acciones fotográficas, los objetos, los
textos... porque en alguna parte tiene que residir,
dada su innegable importancia y su
considerable volumen a lo largo de sus años
de actividad. Es como si estas obras
aunasen, de un modo no sólo inédito sino
intransferible, la herencia del gesto
duchampiano (“campos artísticos”)
con la actualización que las tecnoculturas
han proporcionado en el terreno de la
actividad musical, el sampleado (“campos
musicales”), suma, pues, de los distintos
terrenos operativos en los que el artista se
ha estado moviendo, interrelacionando
maneras y modos y estableciendo sutiles e
invisibles tejidos transversales que de un
lugar reenvían a otro, y de éste a otro, y
así hasta establecer una red de trabajo(s)
plenamente hipertextual. Plenamente actual.
Ahí vive ese indomable espíritu sonoro
de Juan Hidalgo, esa parte sónica de
su polifónica vida de artista. Y en
esa trayectoria resulta inconcebible
parcelar clínicamente los distintos
ámbitos operativos en los que su obra se
desarrolla y germina y se esparce. Porque,
finalmente, una de las cuestiones
fundamentales es que estamos tratando no con
obras, sino con obra. De ahí los
constantes reenvíos y los lazos
imperceptibles, algunos de los cuales, casi
secretos, en forma de sutiles e irónicos
homenajes a otros artistas a base de
recontextualizaciones de ingredientes. Con
lo cual, ese momento de intensificación en
el que se aúnan los territorios artísticos
y los musicales al que nos
referíamos antes encuentra en el
dispositivo del sampleado su mayor
eficacia. A propósito de una pieza de sus Surrogate
Cities, la Suite for Sampler and
Orchestra, Heiner Goebbels señala cómo
“en tanto que memoria digital, el sampleado
es el vehículo ideal para la memoria
humana; nos proporciona el sonido de las
ciudades: el sonido industrial, los ruidos
subculturales y los sonidos de la
historia...”. Es decir, proporciona una
inmejorable simbiosis operativa entre los
diversos elementos que constituyen el tejido
amplio de la experiencia contemporánea: los
objetos, las personas, los escenarios, los
lugares, los relatos, las ficciones, las
voces, los ecos, los sexos... Como
evolución en lo contemporáneo del gesto
duchampiano, pues, la aplicación intensiva
de eso que llamaremos el sampleado
constituye en sí mismo una epitomización
de los constantes procesos de artistificación
desde los que se están estructurando
multitud de mecanismos y dispositivos de la
creación en la escena artística actual. Y
ése es el lugar en el que, por ejemplo, las
acciones fotográficas de Juan
Hidalgo -y no sólo las que ahora presenta-
empiezan a desarrollar sus variables
contenidos de sentido y a desenvolver y
extender sus complejos aparatajes
conceptuales, un lugar desde el que,
probablemente, el artista nunca opera con
música pero desde el que construye en
términos aparecidos y consolidados en lo
que consideraremos algunos de los confines
contemporáneos de las músicas y, muy
especialmente, las electrónicas.
ɷ
HACIA
Las acciones fotográficas de Juan
Hidalgo proponen una doble vía por la que
adentrarse en los múltiples vericuetos de
los que todo su trabajo está repleto: por
una parte, la idea del escenario de la
representación (para lo cual siempre
debemos pensar sus trabajos como un
conjunto, nunca como elementos sueltos sin
vínculos), el lugar en el que
personas y objetos aparecen como la
constatación postrera de ese gesto
enunciado, es decir, la reubicación de
elementos y los subsiguientes procesos de
artistificación a los que se ven sometidos
para de este modo ser ofrecidos a la mirada
del espectador, la mirada expectante que,
una vez más, deberá discernir -y, sobre
todo, elegir- entre la presencia
intensificada de sentidos y la
búsqueda ansiosa de significados:
decía Guy Debord, “tout ce qui était
directément vécu s’est éloigné dans
une représentation”. Ese gesto
selectivo llevado a cabo por el artista
abunda en múltiples referencias que podemos
enumerar sólo sucintamente: recodificación
de situaciones, inversión de valores,
referencias a la acción, presencia
continuada del sexo no normativo, sentido
del humor corrosivo, desplazamiento de
significados, gestos performáticos, velados
homenajes, disolución de ámbitos
operativos, sombras de dispositivos propios
de la música, reconsideración de los
espacios de lo real, sentido discontinuo de
la narración y el relato, expectativas ante
el tiempo... En segundo lugar, todo cuanto
acontece en el espacio representacional de
Juan Hidalgo, todo cuanto vemos en
esas poderosas imágenes fotográficas -un
medio utilizado sólo en tanto que medio-
enlaza tres aspectos interdependientes: la
narración, la ficción en la que ésta se
soporta y el tiempo de ese mismo relato. A
modo de breves composiciones para pianos
preparados, es decir, para instrumentos
modificados y alterados, las acciones
fotográficas de Juan Hidalgo son el
resultado fotográfico de una acción y, por
lo tanto, muestran una situación
plausiblemente realista fruto de un
complicado engranaje completamente ficticio,
todo ello en un tiempo suspendido en
el que parece que personajes y objetos y
referencias y alusiones floten sin llegar a
entrechocar jamás. ¿Pero qué tiempo: el
de antes de ese momento visualizado, el de
después, el que transcurrió durante la
acción...? Del mismo modo, todas esas
personas, sexos, lirios, huevos, botellas,
machos, gafas, hostias, sombreros, manos,
etc., parecen estar emergiendo de un espacio
ingrávido y sin entorno concreto, sin fondo
ni marco, el espacio, tal vez donde reside
el espíritu sonoro de la ficción. Tiempo
detenido y espacio en suspensión: sólo un
instante, pues, para el reconocimiento.
ɷ
PARA
Ya sabemos que la separación entre arte
y vida es -y siempre ha sido-
verdaderamente artificial. Aunque diría que
-por ello mismo- es una separación
clasista, operando siempre con criterios y
jerarquizaciones de estatuto social. Pero
cuando aproximamos más y más las
prácticas artísticas a los múltiples
estratos de la experiencia y, por tanto, de
la realidad, y viceversa, cuando solapamos
espacio de lo real y espacio de la
representación es cuando entramos de lleno
en esa zona convulsa que es la ficción.
O tal vez una más pantanosa aún, la verosimilitud,
ese modificado no-lugar, inatrapable,
en constante, veloz, desconcertante, y
mutante desplazamiento, y que alcanza desde
los vértices de la realidad hasta los
extremos de la ficción. Todo proceso de
ficcionalización, simple o complejo,
adherido o no a una narración, incorporado
o no a nuestra experiencia, implicado o no
en procesos de artistificación, no hace
otra cosa que contribuir a crear otros
mundos de vida que nos ayudan, incluso con
muletas, a vivir en éstos. Y, sobre todo, a
reformularlos y a intensificarlos,
produciendo, por lo tanto, nuevos supuestos
y nuevas voces, nuevas expansiones
relacionales y nuevas áreas de convivencia.
Produciendo, por tanto, un individuo más.
Otro más. Sin parar. No hay más que
reconsiderar los títulos de todas estas acciones
fotográficas. ¿Pero cuándo (nos)
llegará, finalmente, Un piano más?
Galería
JUANA AIZPURU.
C/ Barquillo, 44. MADRID, 28004.
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